Alumnus era una ciudad gastada por el paso de
los años, incluso el aire se había vuelto rancio. Las calles desteñidas, ahora sólo sostenían a una
muchedumbre que diariamente iba a venía, esperando que algo los sorprendiera.
Pues sí, era un lugar extraño, de
hecho el único lugar que existía, iluminado siempre por la luna. Las
personas vivían con la sensación de que algo les faltaba y parecía que el
espíritu se les había secado.
Pero no a Lux, él era un joven salido
de serie, diferente a todos. Pensaba que el bien y el mal tenían un lugar obligatorio
en el mundo; también que había dos fuerzas naturales necesarias: el amor y el
odio. Él nunca había calzado con el resto, su familia era
particularmente particular. Eran inventores.
Una noche, sentado sobre su cama
desordenada, comenzó su ritual. Desató sus zapatos cubiertos de lodo húmedo y
se quitó la camisa que despedía una hediondez penetrante. Se desvaneció sobre su
almohada mientras escuchaba a lo lejos una canción que no conocía. Observó su
habitación muy lentamente. La vela colocada sobre su escritorio comenzaba a despedirse de él, instintivamente
buscó con su mirada el estante en donde guardaba las demás velas, y no le
preocupó darse cuenta que solamente quedaba una.
Continuó observando las paredes de
teca que lo rodeaban y quiso sentir el olor que tenían, pero lo único que
percibió fue su propio sudor. También pasó su mirada
por la rendija que tenía su ventana, y entendió que seguramente por ahí,
entraba el silbido del viento que muchas noches lo hacía soñar que iba en un
tren rumbo a algún lugar reluciente.
Observó además la foto de su abuelo, a
quien tanto admiraba y de quien había aprendido que la naturaleza estaba
formada por muchas piezas hermosas, perfectas y únicas. Y comenzó a recordar
las historias que le contaba cuando era un niño. Recordó la historia de su tío abuelo,
un mecánico chiflado, quien una vez mientras pescaba y observaba el movimiento de las libélulas, se las había ingeniado para
inventar el primer helicóptero que existió.
O la historia de su tátara tátara
tátara abuelo, que en una ocasión que se encontraba nadando en un río, una
tortuga gigante le había mordido el dedo del pie, y él furioso trató de sacarla
de su cueva para hacerla pagar, lo que por supuesto fue imposible. De regreso a
su casa mientras refunfuñaba por el dolor, se le ocurrió la idea de construir
tanques, como el caparazón de la tortuga, en donde una persona se pudiera
introducir para protegerse. Luego de un tiempo, estos tanques se utilizaron en
la guerra.
También recordó a su tátara tía
segunda, quien había sido una mujer de armas tomar, literalmente, porque ella
misma inventó el alicate y las pinzas, que ahora se utilizaban para todo tipo
de trabajos. Se había inspirado para sus invenciones, en las tenazas de los
cangrejos, que muchas veces les habían pellizcado las nalgas mientras estaba
sentada admirando la inmensidad del mar.
También contaba la historia de un
ancestro pasado muy famoso, que 1000 años antes, había inventado la armadura,
ésta idea se le había ocurrido al observar el caparazón de un
armadillo que había cazado para alimentar a su familia.
Por último, Lux recordó la historia de
su primo tercero lejano, éste era un biólogo, quien se había dedicado a
estudiar las mariposas, de hecho para superar la fobia que les tenía, según le
había recomendado su esposa. Y un día mientras trabajaba, pensó que las escamas
de estos animales, tal vez les servían para evitar que el agua les entrara, así
fue como se le ocurrió la idea de encontrar algún
material que se colocara de forma similar a las escamas, para poder cubrir las casas de la lluvia. Luego
de encontrar el material, su esposa lo convenció
de que le pusiera teja a su invento,
en honor a una tía de ella, que así se llamaba.
Su abuelo siempre terminaba sus
historias diciéndole “Hijo, la
naturaleza todo lo pensó primero, ella tiene la idea y los hombres la mejoramos,
sólo necesitamos la lógica y la ciencia…”.
Lux sonrió al tratar de imaginar cómo
podría haber sido la tía Teja. Y en ese momento se incorporó en el silencio de
la noche. Él creía fielmente en los preceptos de su abuelo, y eso lo hacía
diferente a los demás. Estaba seguro de que las ideas entraban en la conciencia
a través de lo que se puede ver y oír.
Todavía recostado sobre su cama, Lux
miró fijamente el techo que lo cubría y por un momento tuvo una sensación de
que algo le faltaba, se levantó de su cama, caminó hacia el escritorio, tomó la
vela y la apagó. Observó por la ventana como las casas vecinas, con tejas sobre
sus techos (gracias a su primo tercero), de igual forma se iban uniendo a la
penumbra.
FIN
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