lunes, 28 de octubre de 2013

Rojo rojizo

Después de esa visita me quedé pensando un rato en la experiencia que acaba de tener. 

Cuando terminó mi cita, me pidió que abriera la boca como sonriendo mucho, yo lo hice y vi mi muela nueva. Hermosa me quedó -le dije-. Él sonrió y me contó una pequeña historia de cómo hacía unos días una abogada terca, cumpliendo su trabajo, lo había tratado de convencer de que era posible que no tuviera buena vista, irónicamente mientras él le hacía algún tipo de tratamiento. 
Luego caminamos por un pasadizo corto hacia la puerta. De lejos un señor algo gastado y gordo, con la boca y sus piernas muy abiertas nos vio pasar,  mientras él seguía contándome cosas que en el fondo sólo me hacían pensar que extrañaba mucho su juventud y en especial su vida universitaria. 
Después de pasar la puerta, llegamos al lobby (lo vi) y estando ahí me senté a ver el fondo de mi bolso perfectamente desordenado; haciendo que buscaba algo mientras él terminaba su discurso. Cuando lo hizo, me levanté para sacar los (varios muchos) billetes que tenía que pagarle por la nueva porcelana en mi boca. Y en ese preciso momento comenzó todo.

Estando de pie con los billetes en la mano, vi de reojo que algunas manchas vivas y brillantes habían quedado donde me había sentado.
Empecé a sentir calor en mis cachetes, mi voz se volvió algo quebradiza, y mis ojos muy abiertos volvieron a ver mis manos que sostenía el teléfono con poca seguridad, no tengo duda de que eso fue mi sistema simpático diciéndome "corraa!". Claro que no corrí. Hice algo más diplomático: sostuve mi teléfono, que aún trataba de saltar de mis dedos. Con la vista abajo le dije que necesitaba hacer una llamada rápida antes de irme y que prefería hacerla desde ahí.
Hasta ese momento, no sabía que había ocurrido con él durante esos inmensos segundos, cuando voltee a verlo, tuve la certeza por sus ojos saltones que se había percatado de todo.
Él apresurado me ofreció tomar asiento para hacer mis llamadas. Y claro, cuando me senté, mis miedos se volvieron realidad, tuve una sensación húmeda y vergonzosa debajo de mí. Sentía una angustia que me inundaba y se esparcía por toda la habitación, quise moverme un poco sin exagerar mis movimientos para limpiar la evidencia, y lo que menos quería era levantarme de ese lugar. Hice la llamada -que por cierto no tuvo ningún sentido-. Y, finalmente tomé valor, me levanté y avance sin mirar atrás, mientras teníamos una conversación que ninguno de los dos entendía. Me despedí y salí.

Al llegar al carro, estaba llena de sentimientos, de toda clase. Después de dejarlos nadar entre mis ojos , me quedé pensando un rato en la experiencia que acaba de tener, en pocas palabras: estigmas sociales en su máxima expresión.

Solo me queda decir que me decepcioné un poco de mi misma, por avergonzarme de mi feminidad, por querer negar mi naturaleza, por apoyar y validar desde mi piel algo que no apoyo desde mis pensamientos; porque creo que la sangre que fluye dentro de mí es hermosa, y me alegro de sentirla entre mis piernas; porque me hace ser parte de la totalidad, de todas las mujeres, de todos los hombres y representa el mejor poder que existe: dar vida.



No hay comentarios:

Publicar un comentario